Las microalgas, junto con las macroalgas, producen el 50% del oxígeno que respiramos. Las algas utilizan CO2 como fuente de combustible, absorbiendo el carbono y exprimiendo el oxígeno, eliminando así los nocivos gases de efecto invernadero.

Existen cuatro tipos de algas: las verdes y verdiazules, que se encuentran tanto en agua dulce como en agua salada; y las algas rojas y marrones, que están solo en agua salada y que también se denominan algas marinas.

Pero las algas no solo son y han sido fundamentales para generar el aire que respiramos, sino que también para nuestra dieta. En el Man’yōshū, una colección de poesía japonesa que data del siglo VI d.C., se describe a personas que recolectan algas durante la marea baja. El poema también llama a las algas marinas “preciadas desde la era de los dioses”.

En tanto, los aztecas, en el área central de Mesoamérica, cosechaban usando cuerdas de algas verdiazules de la superficie de los lagos. También comían algas secas con tortillas y maíz tostado y, en ocasiones, hacían salsa con algas.

Además, los colonos ingleses trajeron a Norteamérica un pudín que preparaban hirviendo algas rojas con leche.

Actualmente, las algas rojas, especialmente el nori, se secan y luego se usan como envoltura para hacer sushi o se agregan a sopas, ensaladas o sándwiches. El nori contiene proteínas, fibra, grasas saludables y vitaminas.

Por su parte, las algas marrones, especialmente las algas de California, se utilizan para extraer otro producto para elaborar geles, llamado algina. La algina absorbe agua para elaborar geles y soluciones espesas y se puede encontrar en helados y mezclas secas para hornear.

Las algas verdiazules, especialmente la espirulina, son una fuente importante de proteínas.

Además, para las personas que no comen productos de origen animal, las algas pueden ser una fuente importante de vitamina B12.